Por Israel M. Morales

Mantener el statu quo siempre es deseable cuando existe prosperidad y estabilidad. Así, desde la entrada en vigor del TLCAN, en 1994, el statu quo ha favorecido a México (pero también y mayormente a Estados Unidos y Canadá), y por tanto ni en el sector privado ni en el público existía mucho apetito por modificar el acuerdo.

Sin embargo, hemos comprobado que la silla del poder en EUA es suficientemente grande para mover el statu quo, aun si las propuestas tienen bases económicas claras y congruentes o no. Y a esa silla llegó Don Donald J. Trump, un aguerrido empresario en el sector de los bienes raíces, pero menos experto en el mundo de la manufactura de bienes, y quien pareciera no apreciar que de no haber contado con un socio comercial con costos de manufactura más bajos (México) que permitiera a los inversionistas estadounidenses amortiguar la crisis económica de 2008, sus tres empresas de insignia de fabricación de automóviles se habrían convertido en una especie en peligro de extinción.

Aunque parezca una afrenta para muchos en México ―especialmente de la clase política en su insistente pregón de voltear a ver otras regiones del mundo para destinar los bienes y servicios que el país produce― y ante la negativa de Trump a reconocer su virtud, México y EUA han funcionado como socios en los procesos de manufactura (integración vertical) a partir del TLCAN, donde ambas economías se han beneficiado al mantener la competitividad de sus manufacturas ante la gran competencia asiática, especialmente en el sector que tanto preocupa a Trump, el sector automotriz.

No pretenderé abordar en detalle el tan debatido tema del déficit comercial de EUA con México, que Trump manejó casi de manera obsesiva. Lo cierto es que, aunque Trump no lo admita, como resultado de la renegociación del TLCAN, el resultante TMEC (Tratado México-EUA-Canadá) seguirá impulsando una balanza comercial negativa para EUA por las siguientes razones:

• Aunque las reglas de origen del sector automotriz se ajustaron (a la alza en el valor de contenido regional, laboral y acero regional), la mayoría de las reglas de origen mantuvieron el statu quo (arriba del 90 por ciento de las reglas de origen no cambiaron), eso significa que más del 65 por ciento del comercio con EUA mantendrá la dinámica de crecimiento aprovechando un mejor ambiente de negocios.

• Aunque el sector automotriz elevará los valores de contenido regional, México negoció bien una válvula de escape a través de las cartas paralelas que permitirán amortiguar o suspender tarifas y compensar con eficiencias el incremento en los costos que piden las nuevas reglas de origen o los aranceles mínimos para entrar a EUA, incluso incorporando insumos de otros países en la producción.

• Finalmente, el ambiente de negocios con el TMEC mejorará, explico: el TMEC logra recoger las mejores prácticas en materia de facilitación comercial y operación aduanera (hacia una Aduana modelo del Siglo XXI), protección de la propiedad intelectual, protección del medio ambiente, acceso a mercados, protección de los derechos laborales, todo esto debe incidir favorablemente en la certidumbre, la competitividad y el crecimiento de los negocios, y eso sin duda deberá incidir favorablemente a México.

Con todo, aún queda una fase importante, la ratificación del T-MEC en los respectivos congresos, y especialmente un debate intenso en el Congreso de EUA con mayoría de oposición al presidente Trump, pero los Demócratas parecen estar dispuestos a dialogar y negociar.

Todos los actores –políticos, privados y académicos– entienden con claridad lo relevante y estratégico que es el USMCA para la economía y las sanas finanzas de EUA, que por los pasados 24 años le ha entregado a los estadounidenses ganancias promedio de 124 billones de dólares (según el Peterson Institute for International Economics) cada año, mientras que México, en promedio, apenas genera por encima de los 40 mil millones de dólares, nada despreciables, pues han significado bienestar para unas 7 millones de familias mexicanas.